El sur de Francia no necesita fronteras oficiales para sentirse distinto. Tiene luz propia, identidad marcada y una colección de pueblos que parecen detenidos en el tiempo. Entre el Mediterráneo, los Pirineos y antiguas rutas comerciales, se despliega un mosaico de aldeas medievales, puertos pesqueros y villas de montaña donde cada calle invita a caminar sin apuro.
Aunque pequeños en tamaño, estos destinos merecen dedicación. Sus iglesias románicas, murallas, plazas adoquinadas y casas de piedra o entramado de madera convierten cualquier paseo en un viaje al pasado.
Collioure y la Costa Bermeja, donde el arte se mezcla con el mar
La llamada Costa Bermeja (Côte Vermeille) se extiende desde el Cap de Creus hacia el norte, combinando viñedos en terrazas con antiguos pueblos marineros. Localidades como Cervera de la Marenda, Port-Vendres, Banyuls-sur-Mer y Collioure forman un recorrido perfecto para una escapada de fin de semana.
Collioure, en particular, enamora a primera vista. Sus colores, su puerto y su luz inspiraron a artistas como Matisse y Picasso, cuyas obras pueden verse hoy en el Museo de Arte Moderno del pueblo. Detrás del museo, un sendero en el parque Pams conduce a La Gloriette, un mirador con vistas inolvidables al campanario de Notre-Dame-des-Anges, que se alza junto al mar como si fuera un faro.
Prats-de-Mollo-la-Preste, joya medieval junto a la frontera
A solo 13 kilómetros de España, en pleno Pirineo, Prats-de-Mollo-la-Preste sorprende con un casco antiguo de callejuelas empedradas que se esconde tras fachadas más modernas junto al río Tec.
Desde lo alto domina el paisaje el Fuerte de Bellegarde, una imponente fortaleza del siglo XVII construida para vigilar la frontera franco-española. Además de su valor histórico, ofrece vistas panorámicas espectaculares. Como broche, el pueblo cuenta con un reconocido balneario de aguas termales, ideal para una pausa de bienestar en plena montaña.
Castelnou, el pueblo que nació a la sombra de un castillo
Si la imagen clásica de aldea medieval existe, probablemente se parezca a Castelnou. El pueblo creció al pie de su castillo, sede de un antiguo vizcondado que fue clave en la historia del Rosellón.
Hoy, su casco antiguo es un laberinto de calles de piedra, casas con detalles de madera y rincones floridos. La iglesia de Sainte-Marie, de estilo románico, completa el conjunto con su sobria arquitectura y frescos en el interior. Todo en Castelnou parece invitar a bajar el ritmo y dejarse llevar por la atmósfera de otro siglo.
Céret, arte moderno entre puentes medievales
Conocido como el pueblo de las cerezas, Céret combina tradición, memoria histórica y una inesperada vida cultural. Muy cerca de la frontera española y de antiguos pasos utilizados por exiliados republicanos, el pueblo conserva un centro animado, con plazas sombreadas y mercado local.
Su Museo de Arte Moderno, fundado en 1950, alberga obras de figuras como Chagall y Picasso, reflejando la estrecha relación entre la localidad y las vanguardias artísticas. A pocos pasos se encuentran el Puente del Diablo (siglos XIV), la iglesia románica de Saint-Pierre y las antiguas puertas que marcaban la entrada a la villa amurallada.
Villefranche-de-Conflent, fortaleza viva en el corazón de los Pirineos
A las puertas del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, Villefranche-de-Conflent es una de las localidades más emblemáticas de la llamada Cataluña Norte. Su ubicación estratégica, al pie del monte Canigó, explica su impresionante sistema defensivo.
Las murallas medievales fueron reforzadas en el siglo XVII por Vauban, el gran ingeniero militar francés, y hoy forman parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Desde el pueblo se puede subir al Fort Libéria, con vistas abiertas sobre el valle del río Têt, y descender luego por un túnel subterráneo con cientos de escalones que conecta con el casco histórico.
Para explorar los alrededores, una experiencia inolvidable es subir al Tren Amarillo (Train Jaune), que recorre los paisajes de la Cerdanya francesa entre montañas, puentes y gargantas.


