A pocos kilómetros de Las Ovejas, en el norte de Neuquén, hay un lugar donde el paisaje cambia de golpe y deja sin palabras. El Mirador La Puntilla aparece como un corte abrupto en la geografía: un balcón natural suspendido sobre un risco de casi mil metros que abre una de las vistas más impactantes de la Patagonia.

Ubicado sobre la Ruta Provincial 43, este mirador —considerado el más extenso de la región— está conformado por seis balcones conectados por una pasarela de 300 metros. El recorrido, señalizado y accesible en su tramo inicial, invita a avanzar paso a paso mientras el horizonte se despliega en capas infinitas.
Desde lo alto, el espectáculo es total. El Cajón del Río Neuquén serpentea en el fondo del valle, la imponente Cordillera del Viento se extiende hacia el infinito y, como un guardián del paisaje, se alza el Volcán Domuyo, el más alto de la Patagonia con sus 4.709 metros. Todo se combina en una escena donde la escala parece desbordar cualquier referencia.

Pero no es solo lo que se ve, sino lo que se siente. El aire llega puro y frío, el silencio se vuelve protagonista y apenas se quiebra con el vuelo majestuoso de los cóndores. Es un lugar que invita a frenar, a contemplar sin apuro y a reconectar con la dimensión real del entorno.
La experiencia no termina con la luz del día. La Puntilla también carga con un halo de misterio: es conocido como el “Mirador de los Ovnis”, por los relatos de luces y fenómenos inexplicables que, según cuentan los pobladores, aparecen en el cielo nocturno. En este punto, donde el firmamento se muestra con una claridad excepcional, la Vía Láctea y las constelaciones se observan con una nitidez difícil de encontrar en otros rincones del país.

Muy cerca, el Parque Arqueológico Colo Michicó suma otra capa de significado. Sus expresiones de arte rupestre conectan el presente con las huellas ancestrales, en un diálogo silencioso entre cultura y naturaleza.
La Puntilla no es solo un mirador: es una experiencia que une paisaje, historia y misterio. Un rincón donde uno inevitablemente se siente pequeño… y al mismo tiempo, profundamente conectado con todo lo que lo rodea.


