El calor está cambiando el mapa turístico: los viajeros empiezan a escapar de los destinos demasiado calientes

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Las olas de calor ya no son solamente un problema climático: están comenzando a modificar las decisiones de viaje, las temporadas turísticas y el atractivo de determinados destinos.

Durante décadas, el verano europeo tuvo una asociación casi automática con el sol, las playas y las temperaturas elevadas. Sin embargo, el cambio climático y la sucesión de episodios de calor extremo están modificando esa relación. Cada vez más viajeros comienzan a preguntarse si realmente quieren pasar sus vacaciones en destinos donde las temperaturas pueden superar ampliamente los 35 °C, especialmente cuando el calor afecta las actividades al aire libre, el descanso y hasta la movilidad dentro de las ciudades.

Esta transformación está dando lugar a una tendencia que ya tiene nombre propio: las “coolcations”, vacaciones elegidas deliberadamente en destinos de clima más fresco. En los últimos meses, el interés por este tipo de viajes aumentó con fuerza, particularmente entre viajeros europeos que buscan escapar de las olas de calor durante el verano. Según datos difundidos recientemente por Awaze, las búsquedas relacionadas con “coolcations” aumentaron un 420% durante los últimos tres meses.

El norte empieza a competir con el Mediterráneo

Uno de los efectos más interesantes de este cambio es que destinos que tradicionalmente no eran considerados prioritarios para las vacaciones de verano comienzan a ganar atractivo. Escocia, Noruega y Suecia aparecen entre los lugares que están captando parte de esta nueva demanda, gracias a temperaturas más moderadas y a una oferta turística vinculada con naturaleza, ciudades, gastronomía y actividades al aire libre.

El fenómeno no significa que los viajeros hayan dejado de buscar playas o destinos cálidos. Lo que está cambiando es el momento y la intensidad con que se consumen esos destinos. Para algunas personas, viajar en julio o agosto a una ciudad mediterránea con temperaturas extremas puede dejar de ser atractivo, mientras que hacerlo durante mayo, junio, septiembre u octubre permite disfrutar del mismo destino con mejores condiciones climáticas y, muchas veces, precios más convenientes.

El clima comienza a influir en la elección del destino

La importancia del clima para el turismo no es nueva, pero la diferencia está en que ahora puede convertirse directamente en un factor de decisión. La OCDE advierte que los fenómenos meteorológicos extremos ya están afectando destinos turísticos, dañando infraestructura, alterando temporadas y modificando el comportamiento de los viajeros. Las olas de calor, incendios forestales, inundaciones y tormentas están generando riesgos que obligan a gobiernos y empresas a replantear cómo se prepara un destino para recibir visitantes.

Para la industria turística, esto representa un desafío particularmente importante porque buena parte de su oferta depende de condiciones climáticas previsibles. Una playa, un parque natural, una excursión, una ruta gastronómica al aire libre o una visita cultural pueden verse afectados cuando las temperaturas hacen difícil permanecer durante varias horas fuera de espacios climatizados.

El verano podría dejar de ser la temporada más importante

Uno de los cambios potencialmente más profundos tiene que ver con la estacionalidad. Si determinados destinos comienzan a resultar demasiado calurosos durante julio y agosto, las temporadas intermedias podrían convertirse en una oportunidad estratégica para recuperar demanda.

Viajar durante primavera u otoño puede ofrecer temperaturas más agradables, menor presión sobre las infraestructuras y una experiencia diferente para el visitante. Para los destinos, además, significa la posibilidad de distribuir mejor la llegada de turistas a lo largo del año y reducir la dependencia de unos pocos meses de temporada alta.

Este cambio puede beneficiar especialmente a ciudades y regiones que históricamente sufrieron una fuerte concentración turística durante el verano. Si el viajero empieza a modificar sus fechas, los destinos tendrán una oportunidad para transformar una amenaza climática en una herramienta de desconcentración turística.

Hoteles y destinos también tendrán que adaptarse

El cambio climático no solo obliga a modificar las campañas de promoción. También puede exigir inversiones concretas en infraestructura turística.

Hoteles, restaurantes, parques temáticos, ciudades patrimoniales y operadores de excursiones deberán considerar cada vez más cuestiones como espacios de sombra, sistemas de refrigeración eficientes, disponibilidad de agua, horarios adaptados y protocolos para enfrentar episodios de temperaturas extremas.

La adaptación también puede modificar la propia experiencia turística. Una ciudad que antes promocionaba recorridos peatonales durante el mediodía podría comenzar a ofrecerlos temprano por la mañana o al atardecer. Un destino de naturaleza puede reorganizar excursiones según las condiciones climáticas, mientras que los hoteles pueden incorporar propuestas de bienestar, gastronomía y actividades interiores para aquellos momentos en que permanecer al aire libre resulte poco recomendable.

No se trata solamente de escapar del calor

La tendencia de las coolcations también revela algo más profundo sobre la evolución del viajero. Después de años en los que viajar parecía consistir en aprovechar al máximo cada minuto y visitar la mayor cantidad posible de atractivos, comienza a ganar importancia una experiencia más cómoda y menos agotadora.

El viajero no necesariamente quiere levantarse a las seis de la mañana para recorrer cinco lugares antes de soportar 40 grados durante la tarde. También busca descansar, caminar tranquilamente, comer bien y disfrutar del destino sin sentir que las condiciones ambientales están condicionando permanentemente sus vacaciones.

En ese sentido, el clima puede terminar influyendo incluso en la percepción de calidad de un viaje.

El nuevo mapa turístico todavía se está escribiendo

La gran pregunta es si esta tendencia será solamente una respuesta temporal a los episodios de calor extremo o si terminará transformándose en un cambio estructural en los hábitos turísticos.

Todo indica que los destinos tendrán que prepararse para ambas posibilidades. El turismo seguirá dependiendo del clima, pero cada vez menos de un clima considerado “ideal” y cada vez más de la capacidad de adaptarse a condiciones que están cambiando.

El mapa turístico del futuro podría ser, por lo tanto, bastante diferente al que conocimos durante las últimas décadas. Destinos que antes parecían demasiado fríos para unas vacaciones de verano podrían convertirse en refugios climáticos, mientras que algunos de los grandes polos estivales tendrán que reinventar sus temporadas, sus productos y su infraestructura.

Porque el turista del futuro quizás no pregunte solamente “¿qué hay para hacer?”.

También podría empezar a preguntar algo mucho más básico:

“¿Qué temperatura voy a tener cuando llegue?”