La naturaleza no absuelve al turismo: por qué no existen actividades sostenibles por definición

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Wilson Hoyos Navas plantea una mirada crítica sobre el turismo de naturaleza y el turismo regenerativo y advierte que la sostenibilidad no depende de la motivación del viajero, sino de cómo se gestiona el impacto sobre cada territorio.

La idea de que algunas formas de viajar son naturalmente más sostenibles que otras continúa ganando espacio dentro de la conversación turística. El turismo de naturaleza, el aviturismo, el turismo regenerativo y las experiencias vinculadas al bienestar suelen asociarse con una manera más responsable de relacionarse con los destinos.

Sin embargo, para Wilson Hoyos Navas, asesor y perito en inversiones turísticas, gestión turística, políticas públicas, aviación y hospitalidad, esta mirada puede esconder uno de los principales desafíos de la planificación turística: asumir que una actividad es sostenible simplemente por el tipo de experiencia que ofrece.

En un análisis publicado el 17 de agosto de 2026, Hoyos Navas plantea una pregunta central: ¿es realmente más sostenible quien llega con binoculares que quien llega a escuchar música?

La respuesta, sostiene, no puede determinarse por la motivación del viaje.

La sostenibilidad no depende solamente de la intención

El turismo de naturaleza puede generar beneficios concretos para los territorios. Puede contribuir al financiamiento de áreas protegidas, generar empleo para guías, hacer económicamente visible la conservación y crear alternativas productivas en comunidades rurales.

El problema aparece cuando esos beneficios generan una especie de “crédito moral” anticipado para determinadas actividades.

Observar aves, caminar por una montaña o contemplar un paisaje puede parecer menos impactante que asistir a un espectáculo, escuchar música o realizar una actividad recreativa urbana. Pero el impacto turístico no puede evaluarse únicamente por la estética o el relato de la experiencia.

Un sendero puede erosionarse por el tránsito constante de visitantes. Una playa puede saturarse. Una colonia de aves puede verse afectada durante su período reproductivo. Un ecosistema puede recibir una presión que supera su capacidad de recuperación.

Por eso, el autor sostiene que no existen actividades sostenibles por definición.

El impacto también depende de la cantidad de visitantes

Un estudio de David Lusseau y Francesca Mancini, publicado en 2018 bajo el título “Una evaluación global de las amenazas de conservación del turismo y la recreación para priorizar intervenciones”, identificó 5.930 especies para las cuales el turismo y la recreación aparecían registrados como amenazas de conservación.

El dato no significa que el turismo sea la causa principal de la situación de todas esas especies, pero sí evidencia que la actividad recreativa, la infraestructura y la presión acumulada forman parte de los desafíos de conservación a escala global.

Otro estudio, elaborado por Christopher Monz, David Cole, Jeffrey Marion y Yu-Fai Leung, señala que el impacto de la recreación en espacios naturales no depende únicamente del comportamiento individual del visitante. También intervienen factores como la cantidad de uso, el tipo de actividad, el momento en que ocurre y las características ecológicas del sitio.

En otras palabras, incluso un visitante responsable puede formar parte de una presión turística que, por acumulación, termine superando la capacidad del territorio.

Tres destinos que muestran el problema

Hoyos Navas propone observar tres casos concretos para cuestionar la idea de que determinadas modalidades de turismo son sostenibles por naturaleza.

Everest: naturaleza, exclusividad y residuos

El Everest representa una de las experiencias de naturaleza más prestigiosas del mundo y está lejos de ser un destino asociado al turismo popular masivo.

Sin embargo, según datos difundidos por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, los visitantes de la región pasaron de apenas 20 en 1964 a unos 26.000 en 2012, acumulando más de 140.000 kilogramos de residuos sólidos.

El caso demuestra que el nivel de gasto del visitante o la exclusividad de una experiencia no determinan por sí mismos la capacidad ecológica de un territorio.

Hornøya: cuando observar aves también puede generar perturbaciones

Hornøya, una pequeña reserva insular del norte de Noruega, es conocida por sus colonias de aves marinas.

Los visitantes llegan principalmente con cámaras, guías de campo y una motivación explícita de observación. Sin embargo, investigaciones desarrolladas en el lugar encontraron una relación entre el tránsito turístico cercano a las colonias y una reducción del éxito reproductivo de algunas especies, especialmente durante los años de mayor tráfico.

El caso no cuestiona al aviturismo como actividad, sino la idea de que una persona que ama la naturaleza necesariamente conoce los límites de su impacto.

La distancia de observación, los momentos del año, la regulación de los flujos y el conocimiento ecológico son determinantes.

Koh Tachai: cuando la capacidad del destino llega al límite

El caso de Koh Tachai, dentro del sistema de parques marinos de Tailandia, muestra otra dimensión del problema.

La playa tenía una capacidad estimada de alrededor de 70 personas, pero llegó a recibir cerca de 1.000 visitantes en determinados momentos, además de embarcaciones, puestos de comida y otros servicios.

La presión turística alcanzó tal nivel que las autoridades decidieron cerrar la isla para permitir su recuperación.

No fue necesario que todos los visitantes actuaran de manera irresponsable. La suma de personas y servicios simplemente superó la capacidad física y ecológica del lugar.

El territorio debe estar por encima del relato

A partir de estos casos, Hoyos Navas plantea una precaución aplicable también a la evaluación de proyectos turísticos.

Palabras como naturaleza, bienestar, aventura o ecoturismo no deberían ser suficientes para otorgar una valoración ambiental favorable a una propuesta.

El análisis debe considerar las características concretas del territorio: la sensibilidad del ecosistema, disponibilidad de agua, gestión de residuos, accesibilidad, seguridad, concentración temporal de visitantes, capacidad de regulación, comportamiento esperado y cuánto valor económico permanece realmente en la comunidad.

La sostenibilidad, desde esta perspectiva, no puede separarse de la planificación.

Baños de Agua Santa: más allá de elegir entre la chiva y el binocular

El debate surgido alrededor de Baños de Agua Santa, en Ecuador, sirve como punto de partida para esta reflexión.

Para el autor, la discusión no debería reducirse a presentar determinados perfiles de visitantes como “buenos” o “malos” según las actividades que realizan.

La verdadera pregunta debería ser qué actividades puede soportar cada espacio y bajo qué condiciones.

Dónde puede existir vida nocturna, qué áreas requieren silencio, qué intensidad de uso puede sostener un sendero, qué actividades son compatibles entre sí, cuáles no lo son y cómo se financiará la conservación de los recursos que precisamente motivan la visita.

La respuesta, sostiene Hoyos Navas, pertenece a la planificación territorial, sin sesgos ni etiquetas anticipadas.

Porque una actividad puede ser pequeña en cantidad de visitantes y generar un impacto elevado si ocurre, por ejemplo, durante el período reproductivo de una especie. Del mismo modo, un destino puede recibir visitantes educados y responsables y, aun así, resultar inviable si concentra demasiada presión sobre un mismo espacio o requiere recursos que el territorio no puede sostener.

La sostenibilidad no puede depender de la “superioridad moral” de un segmento

El planteo deja una conclusión clara para el sector turístico: la motivación del viajero no garantiza un comportamiento sostenible y ninguna actividad debería considerarse sostenible por definición.

El turismo de naturaleza puede generar enormes beneficios para la conservación y las comunidades, pero necesita ser acompañado por regulación, planificación, conocimiento científico y gestión de los flujos.

La discusión, entonces, no debería centrarse en si el turista llega con binoculares, busca música, fotografía, aventura o entretenimiento.

El desafío es determinar qué tipo de turismo puede desarrollarse en cada territorio, con qué intensidad y bajo qué condiciones, para que la actividad turística contribuya a conservar aquello que hace atractivo al destino en primer lugar.

La naturaleza, plantea Wilson Hoyos Navas, no absuelve al turismo. La sostenibilidad debe demostrarse en el territorio.