Durante siglos, el Reino de Bután permaneció prácticamente aislado del mundo exterior. En 1974 abrió sus puertas al turismo internacional y recibió a sus primeros visitantes: ese año llegaron apenas 287 turistas. Cinco décadas después, el país mantiene una política que continúa diferenciándolo de buena parte de los destinos turísticos del mundo: “High Value, Low Volume” —alto valor, bajo volumen—.
Ubicado en el Himalaya, entre India y China, Bután decidió que el crecimiento turístico no debía medirse únicamente por la cantidad de visitantes. Su estrategia busca mantener el turismo dentro de la capacidad ambiental, cultural y social del país y reducir los efectos asociados al turismo masivo.
Pagar por entrar y contribuir a conservar

Una de las características más particulares del modelo butanés es la Sustainable Development Fee (SDF), una tasa de desarrollo sostenible que actualmente es de US$100 por persona y por noche para los adultos de la mayoría de las nacionalidades. El importe se destina a programas vinculados con conservación ambiental, preservación cultural, infraestructura, educación, salud y desarrollo de capacidades.
La tasa no funciona simplemente como un impuesto turístico. Es parte de la estrategia con la que Bután busca que quienes llegan al país contribuyan directamente al mantenimiento de las condiciones que hacen posible su modelo de turismo.
El sistema también cambió respecto del pasado. Desde la reapertura turística de 2022, los viajeros pueden organizar su viaje de manera independiente y ya no están obligados a contratar un operador turístico para reservar todos los servicios. Sin embargo, el acompañamiento de un guía certificado es obligatorio durante la estadía, según la información oficial de Bhutan Travel.
Un país que protege sus bosques por Constitución

La política turística está estrechamente relacionada con una de las principales características ambientales del país. La Constitución de Bután establece que al menos el 60% del territorio debe mantenerse cubierto por bosques de manera permanente. Actualmente, la superficie forestal supera ese mínimo y distintas fuentes oficiales sitúan la cobertura por encima del 70%.
Los bosques son además una pieza central de la estrategia climática de Bután. El país es reconocido por ser carbono negativo: sus ecosistemas forestales absorben más dióxido de carbono del que emite el conjunto de sus actividades. El propio Gobierno describe a Bután como un sumidero de carbono y señala que sus bosques absorben varias veces sus emisiones.
Por eso, en Bután la conservación ambiental no aparece solamente como un atractivo para el visitante. Forma parte de la planificación nacional y de la manera en que el país entiende su desarrollo.
Turismo sin multitudes

El concepto de “alto valor, bajo volumen” comenzó a formar parte de la política turística desde la apertura del país en 1974. La intención fue desarrollar una actividad capaz de generar ingresos y empleo sin comprometer el patrimonio cultural, los ecosistemas ni la identidad del reino.
El contraste resulta especialmente significativo si se observa la evolución de las llegadas. En 1974 fueron 287 los turistas que ingresaron al país. Para 2019, antes de la pandemia, la cifra había alcanzado aproximadamente 316.000 visitantes. Ese crecimiento llevó a las autoridades a revisar nuevamente cómo administrar el turismo y sus impactos.
Hoy Bután continúa buscando un equilibrio diferente al de los grandes destinos internacionales: no pretende cerrar sus puertas al viajero, sino determinar qué tipo de turismo quiere recibir y bajo qué condiciones.
En un mundo turístico acostumbrado a competir por millones de visitantes, Bután plantea una pregunta diferente: ¿cuántos turistas puede recibir un destino sin dejar de ser aquello que los viajeros fueron a conocer?
La respuesta del pequeño reino del Himalaya está en su propia política: menos volumen, mayor contribución y conservación como condición para el desarrollo turístico.


