La conservación de la naturaleza, la financiación de iniciativas sociales y el desarrollo del turismo comunitario forman parte de las estrategias que estos destinos impulsan para distribuir los beneficios de la actividad turística y avanzar hacia modelos más sostenibles.
El turismo puede generar mucho más que ingresos y movimiento de visitantes. Cuando se articula con políticas públicas, conservación ambiental y participación comunitaria, también puede contribuir a mejorar las condiciones de vida de la población local, proteger el patrimonio y crear nuevas oportunidades económicas.
Ruanda, Bután y Medellín, en Colombia, ofrecen tres ejemplos de cómo los destinos pueden incorporar estos objetivos a sus estrategias turísticas. Aunque sus realidades y herramientas son diferentes, los tres casos permiten observar una tendencia: la sostenibilidad requiere que los beneficios de recibir viajeros alcancen también a las comunidades que habitan los territorios.
Ruanda: el turismo de naturaleza como herramienta de conservación y desarrollo local
En Ruanda, la protección de la biodiversidad está vinculada con una política de distribución de los ingresos turísticos entre las comunidades cercanas a los parques nacionales. El país, reconocido internacionalmente por sus iniciativas de conservación de gorilas de montaña, utiliza parte de los recursos generados por las visitas a sus áreas protegidas para financiar proyectos de desarrollo local.
A través del Tourism Revenue Sharing Programme, el Gobierno reinvierte el 10% de los ingresos turísticos generados por los parques nacionales en iniciativas para las poblaciones de las zonas aledañas. Según la Oficina de Desarrollo de Ruanda, el programa ha destinado más de 23.000 millones de francos ruandeses a proyectos comunitarios durante sus más de dos décadas de funcionamiento.
Los recursos han contribuido a financiar escuelas, centros de salud, infraestructura de acceso al agua y actividades destinadas a mejorar los medios de vida de las familias. De esta manera, el turismo de naturaleza busca generar beneficios que trasciendan la experiencia del visitante y alcancen a quienes conviven con los espacios protegidos.
El modelo también plantea una relación entre conservación y desarrollo económico: las comunidades pueden recibir beneficios concretos de una actividad que depende de la protección de los ecosistemas y de especies emblemáticas.
Para Ruanda, el desafío consiste en mantener ese equilibrio a medida que crece la demanda turística, garantizando que la protección de la biodiversidad y las oportunidades para la población local continúen siendo parte de la estrategia del destino.
Bután: una contribución turística destinada al desarrollo sostenible
Bután adoptó una estrategia diferente, basada en el principio de turismo de alto valor y bajo impacto. El objetivo es gestionar el crecimiento de las visitas y procurar que la actividad turística contribuya a preservar el patrimonio natural y cultural del reino del Himalaya.
Uno de los instrumentos centrales de esta política es la Sustainable Development Fee (SDF), una tasa diaria que abonan los visitantes internacionales. Según la información oficial de Bhutan Travel, la tarifa general para adultos es de 100 dólares estadounidenses por persona y noche, con condiciones diferenciadas para determinadas categorías de viajeros.
Los fondos se recaudan a través del Estado y se destinan a distintas iniciativas de desarrollo a largo plazo. Entre ellas figuran la educación y la atención sanitaria gratuitas, la formación profesional, la mejora de las infraestructuras, la conservación ambiental, la protección del patrimonio cultural y el apoyo a las economías locales.
La tasa también forma parte de la estrategia con la que el país busca preservar sus bosques y mantener su condición de nación con balance de carbono negativo, un atributo estrechamente relacionado con su política ambiental.
A diferencia de un modelo centrado exclusivamente en aumentar las llegadas, el enfoque butanés procura vincular el aporte económico de los visitantes con la capacidad del destino para proteger sus recursos y sostener servicios y oportunidades para sus habitantes.
La experiencia plantea, además, una cuestión relevante para la industria: cómo establecer un equilibrio entre la generación de ingresos turísticos, el acceso al destino y la conservación de los valores que motivan el viaje.
Medellín: turismo comunitario, memoria y transformación urbana
En América Latina, Medellín representa otro enfoque: el desarrollo de experiencias turísticas vinculadas con la cultura, la memoria, la identidad barrial y la participación de los habitantes.
La ciudad colombiana ha incorporado el turismo comunitario a sus políticas de diversificación de la oferta y desarrollo sostenible. La iniciativa busca que las propias comunidades participen en la construcción de experiencias, compartan sus conocimientos y generen oportunidades económicas a partir de la historia y los recursos culturales de sus territorios.
En diciembre de 2025, la Alcaldía de Medellín informó que más de 400 personas de las comunas Popular, Manrique, Villa Hermosa, El Poblado y Guayabal habían participado durante ese año en procesos de formación relacionados con el turismo comunitario.
Las capacitaciones incluyeron contenidos sobre identificación de atractivos, narración de historias, calidad del servicio, gestión de costos, estructuración de productos turísticos y competencias gastronómicas. El propósito es fortalecer las capacidades locales para desarrollar iniciativas viables y mejorar la participación de los residentes en la actividad.
La transformación urbana también forma parte de la experiencia turística de Medellín. Espacios como la Comuna 13, donde el arte urbano, los recorridos guiados y las historias de sus habitantes adquirieron protagonismo, permiten acercarse a los procesos sociales que marcaron el territorio. Otros lugares, como Moravia y el Museo Casa de la Memoria, incorporan la recuperación de espacios, la cultura y la memoria histórica a los recorridos por la ciudad.
Sin embargo, el desarrollo turístico urbano también presenta desafíos. El crecimiento de las visitas, los alquileres de corta duración y la llegada de nuevos residentes temporales pueden generar presiones sobre la vivienda y la vida cotidiana de los barrios. Por eso, la sostenibilidad requiere planificación, participación ciudadana y mecanismos que permitan compatibilizar la actividad turística con las necesidades de la población.
Tres experiencias, un desafío compartido
Ruanda, Bután y Medellín muestran que no existe una única fórmula para avanzar hacia un turismo sostenible. Cada destino trabaja con instrumentos adaptados a su contexto: reinversión de ingresos de parques nacionales en comunidades, una contribución específica para financiar iniciativas de desarrollo o programas de capacitación y participación local.
Las diferencias entre estos modelos también permiten identificar algunos principios comunes. La sostenibilidad necesita políticas que trasciendan la promoción del destino, mecanismos que permitan distribuir los beneficios económicos y acciones concretas para proteger el patrimonio natural y cultural.
Además, el impacto positivo no depende únicamente del volumen de visitantes o de los ingresos generados. También importa cómo se utilizan los recursos, quiénes participan en las decisiones y qué efectos tiene la actividad sobre las condiciones de vida de los residentes.
Para los destinos turísticos, estas experiencias ofrecen una referencia para pensar estrategias de largo plazo en las que la competitividad, la conservación y el bienestar de las comunidades puedan avanzar de manera complementaria.


